Texto sobre Gliptodonte.

Clorindo Testa, pintor y arquitecto, Jorge Glusberg /Buenos Aires: DONN S.A, pp. 114-116 | 30 de Noviembre de -0001

“El caso de la Biblioteca Nacional, obra canónica de Testa (asociado entonces con Francisco Bullrich y Alicia Cazzaniga de Bullrich), parece rayar en lo mítico, aunque, según sabemos, el mito es una forma discursiva de tiempo histórico.
El diseño original es de 1962: un vasto cuerpo rectangular sobreelevado, que se apoya en el suelo mediante cuatro robustos pilares; en suma, una figura animalesca, cuadrúpeda, quizás no buscada en forma consciente. Los trabajos empezaron en 1971. Al realizarse las excavaciones, se encontró, bajo un gomero, parte del caparazón o coraza de un gliptodonte (cedida luego al Museo de Ciencias Naturales de Buenos Aires). Fue inmediata la equiparación de la forma del edificio y la de este armadillo gigante, oriundo de la América del Sur (aunque más tarde emigró hacia el norte y se instaló también en el sur de los Estados Unidos) y desapareció por completo entre 15.000 y 10.000 años atrás.
Un testigo relató por escrito la visita del arquitecto japonés Kiyonori Kikutake a las obras de la Biblioteca Nacional en 1987, cuando viajó a Buenos Aires para participar de la II Bienal de Arquitectura organizada por el CAYC.
Kikutake había estado presente en la I Bienal (1985) y había conocido entonces la Biblioteca; dos años más tarde, fue él quien pidió recorrerla, quizá porque su diseño del Museo Edo-Tokio (1987) se definía también por un grandioso cuerpo montado sobre patas, sistema ya utilizado por él en su Casa Cielo (1958-62).
La visita comenzó después de que Testa, quien oficiaba de guía, dibujó un gliptodonte sobre una hoja arrugada que apoyaba en la palma de la mano, para explicar a su colega japonés el sorprendente hallazgo de 1971 y las similitudes con la caparazón y las patas de cemento armado de la Biblioteca.  El inglés de Testa y el de Kikutake no eran de lo más fluido, según el testigo citado.
Al año, el aporte de Testa a la muestra conjunta ‘Patagonia’, del grupo CAYC, en la Galería Ruth Benzacar, fue Gliptodonte. El artista había elaborado un gliptodonte en cerámica, madera, barro y papel, semejante a las reconstrucciones de los museos de ciencia, muchas veces incompletas, como su obra expuesta entonces y como la propia Biblioteca, que sólo sería terminada 4 años más tarde, en el otoño de 1992. 
Pero Gliptodonte integró también la exposición individual hecha por Testa a mediados de 1991.
Las relaciones no acaban aquí. El pionero de los estudios científicos de nuestra fauna prehistórica (casi diríamos, su descubridor) fue Florentino Ameghino, director del Museo Argentino de Ciencias Naturales de Buenos Aires, entre 1902 y 1911. Aquí irán a parar los restos del armadillo encontrado en el solar de la Biblioteca. En 1881, de regreso de París y exonerado de la escuela primaria que dirigía en Mercedes, Ameghino se radica en Buenos Aires y abre, en 1882, para ganarse la vida, la librería El Glyptodón, en un local con vivienda, en Rivadavia al 2200. Ameghino, quien allí escribiría su tratado Filogenia (1884), hace pintar por un artista improvisado una imagen del armadillo gigante, en el cartel de su librería.
Tal vez recordó Ameghino que el hombre primitivo de nuestras tierras utilizaba a veces la coraza de los gliptodontes como techo y quiso identificar con el armadillo gigante –cuya existencia acababa de difundir, en 1880– su comercio y vivienda de Balvanera. Como fuere, lo cierto es que la librería del gliptodonte será sucedida por el gliptodonte (verdadero y luego arquitectónico) de la mayor librería argentina. El caparazón prehistórico encontrado bajo tierra ha de ser reemplazado por otra forma de la memoria histórica: los depósitos de libros que ocupan el subsuelo de la Biblioteca Nacional.
Pero si computamos el largo tiempo transcurrido entre el diseño originario y la finalización de la Biblioteca (30 años, récord superado solo por la sede del Correo: 1884-1924), podemos decir que todo el edificio se constituyó en  memoria mucho antes de su terminación al revés del gliptodonte, que devino en memoria mucho después de su desaparición.”

 

Glusberg, Jorge (1999). Clorindo Testa, pintor y arquitecto. Buenos Aires: DONN S.A, pp. 114-116