Texto curatorial de la muestra Dowek / Pasolini por Kekana Corvalán

02 de Agosto de 2016

Entre Porcile de Pasolini (1969) y Las Piaras de Dowek (1971), median 2 años, atravesados por sucesos que marcan de un modo inolvidable un umbral de época. Post Mayo Francés, post Vietnam, post Cordobazo, lanzados a la marea del compromiso y la resistencia activa, muchos artistas eligieron el realismo como lenguaje, ideología y estética, aunque desde la reformulación de sus cánones y la interpelación de sus bordes.
En efecto, una nueva y terrible manera de representar el mundo estaba acompañando los procesos siniestros donde el capitalismo anclaba una nueva vuelta de página. La dictadura de Onganía/Lanusse en Argentina y los gobiernos de la Democracia Cristiana en Italia se acompañaron de expresiones que resistieron a los neofascismos en Europa y América, marcando la radicalización de los procesos de insurgencias y guerrillas resistentes en todo el mundo, y, en relación con las artes visuales, produciendo tramas cada vez más densas y espesas, de significados contundentes, desde simbologías múltiples que impregnaban la literalidad de capas de sentido figurativas pero incomprensibles, como las pictóricas de Diana o la complejidad narrativa de Pier Paolo.
Entre Dowek y Pasolini, hay muchos puntos en común. Rescatemos dos: el profundo humanismo, en la dimensión antropológica de sus gestos, poéticas y acciones, y, sin dudas, una particular relación con lo real y la realidad. Porcile, que suele traducirse como "pocilga", y en Argentina, "chiquero", es una película dura, sobre el canibalismo destructor, sobre el poder y sus genealogías, sobre el eros y el tánatos, y sobre cómo concebir lo popular ahora que todo ha cambiado.
En "El vacío de poder en Italia", originalmente aparecido en El Corriere de la Sera el 1 de febrero de 1975 y hoy conocido como "El artículo de las luciérnagas", Pasolini habla del momento en el cual desaparecieron las  luciérnagas, que en su danza, efímera y fugaz, brillaban en la noche, proponiendo el último atisbo de inocencia y como un signo irreversible del marchitamiento cultural. Sin su luz, ya no existen seres humanos, sino seres que giran alrededor del fuego y abrasados por él, remodelados y rediseñados por el consumo.
Las luciérnagas, intermitentes, fugaces, sin embargo, aún sobrevuelan cada tanto, y cuando la cultura logra apagar los reflectores del capitalismo. Y es en ese brillo donde surgen como recuerdos del pasado, con toda su carga dialéctica. Bellísima metáfora del humanismo, tan central en la historia del pensamiento que emerge desde Italia al mundo. Pasolini, como El Dante pensando el nuevo infierno capitalista y todos sus círculos, repletos de piaras, que se yerguen frente a nosotros, mayorías minorizadas, que resistimos a ese puñado de bestias que todo lo devoran.
Y con ello, formando esperanzas, las Piaras de Dowek, lanzadas desde lo profundo de otras noches, y puestas en diálogo para armar otros relatos. Piaras que serán seguidas por Lo que vendrá, también expuesta en la sala, políptico (no podría ser otra cosa) que articula la etapa de Diana en relación con las insurrecciones, como modo de estar en el mundo casi, frente a la criminalidad de la dictadura cívico-militar que se le avecina.
Hoy quedan, en pie estas imágenes, más plenas que nunca, y son las que exponemos en Jacques Martínez para interpelarnos, justamente, desde las máscaras de la imaginación, que pareciera ser una de vieja renovada herramienta política que vuelve en toda la potencialidad de las artes visuales a decir aquello que no puede ser dicho de otra manera.
Dowek-Pasolini, Las Piaras en diálogo con cuatro películas claves para comprendernos mejor, o para pensarnos, diseminados y simultáneos, convencidas del lugar que los artistas tienen como productores de imágenes que rescatan nuestra historia como reservorio de aquello contra y a partir de lo cual, tenemos que ir.